Detrás de cada censo de huemul, de cada collar GPS colocado a un yaguareté liberado en los Esteros del Iberá, hay guardaparques, biólogos y pobladores rurales que sostienen el monitoreo durante años. Esta página cuenta cómo se organiza ese trabajo, qué principios guían nuestras decisiones editoriales y por qué publicamos también los errores y los retrocesos.
Desde 2009 sostenemos líneas de monitoreo, acuerdos con comunidades y campañas de educación ambiental. Cada etapa dejó aprendizajes concretos sobre cómo se recupera un ecosistema cuando hay continuidad y no solo anuncios.
Arrancamos con conteos de carpincho y ciervo de los pantanos en el sector sur de los Esteros. Sin presupuesto formal, con guardaparques voluntarios y planillas de papel. Ese relevamiento inicial sirvió para justificar después el corredor biológico que hoy conecta tres estancias.
Firmamos los primeros convenios de no caza con productores ganaderos del borde oeste del Iberá. La condición fue simple: ellos mantenían el alambrado perimetral en buen estado y nosotros cubríamos el monitoreo satelital de los ejemplares liberados. Ocho estancias siguen activas.
Instalamos la primera red de cámaras trampa en bosques cordilleranos fragmentados por rutas y ganado. Los datos confirmaron lo que sospechábamos: los corredores entre Chile y Argentina están cortados y el huemul no logra recolonizar. Ese año empezamos a trabajar con escuelas rurales del sur.
Lanzamos talleres sobre fauna autóctona en escuelas de Corrientes y Santa Cruz. El foco fue el conflicto con perros y ganado, que sigue siendo la principal causa de mortandad de huemules jóvenes. Hasta hoy pasaron más de cuarenta escuelas por el programa.
Publicamos criterios para verificar operadores habilitados, cupos de ingreso y manejo de residuos en parques nacionales. La guía nació de una demanda concreta de lectores que viajaban al sur y no sabían cómo distinguir una visita responsable de una excursión masiva.
Consolidamos un repositorio con los registros de cámaras trampa y collares GPS de los últimos años. La idea es que cualquier investigador o periodista pueda consultar la evolución de las poblaciones sin depender de informes cerrados. El próximo paso es sumar los censos del norte argentino.
Oso Mío no nació como un medio de comunicación. Empezó como un cuaderno de campo compartido entre biólogos, guardaparques y vecinos de Corrientes que necesitaban registrar lo que pasaba con la fauna autóctona antes de que se perdiera el detalle. La identidad del proyecto se fue armando en esas libretas: anotar sin adornos, verificar cada dato con quien estuvo en el terreno y publicar solo cuando la información resistía una segunda lectura.
Todo arrancó con planillas de papel y cámaras trampa prestadas. Durante dos temporadas seguidas, el equipo recorrió islas flotantes y esteros para documentar la presencia de carpinchos, ciervos de los pantanos y aves migratorias. Ese archivo inicial sirvió después para comparar estados de conservación y detectar cambios en el nivel del agua antes de que aparecieran en los informes oficiales.
Cuando el programa del yaguareté empezó a liberar ejemplares en el Iberá, entendimos que hacía falta una voz independiente que siguiera el proceso sin convertirlo en espectáculo. Decidimos cubrir monitoreo satelital, corredores biológicos y acuerdos con estancias locales con la misma lógica: datos verificables, contexto largo y sin titulares que simplifiquen lo que en el territorio es complejo.
El huemul y los bosques cordilleranos fragmentados nos obligaron a ampliar la mirada. Sumamos colaboraciones con guardaparques de parques nacionales del sur y empezamos a publicar censos, mapas de corredores y notas sobre el conflicto con perros y ganado. Ese trabajo nos llevó a cubrir también el turismo sustentable, porque el visitante bien informado es parte de la solución y no solo del problema.
Con el tiempo quedó claro que sin escuelas rurales y comunidades locales ningún programa de conservación se sostiene. Empezamos a producir materiales para docentes, guías de campo para visitantes y reportajes sobre cómo se gestiona un área protegida en temporada alta. La educación dejó de ser un anexo y se volvió el eje que ordena el resto de las secciones.
Seguimos trabajando con las mismas reglas del principio: fuentes identificables, imágenes propias o cedidas por equipos de campo, y una separación clara entre información y opinión. La red de colaboradores incluye biólogos, fotógrafos de naturaleza y vecinos que conocen cada camino del humedal. Esa mezcla es lo que permite contar la conservación argentina sin caer en el catastrofismo ni en la propaganda.